Hay que amar a Nuquí Una vez me dijo que si moría moría feliz, que hizo todo lo que quiso. Luego reflexionó sobre la barbaridad expuesta, le faltaban dos tatuajes, ¡los tatuajes! ¡Y listo! Podía morir feliz. Otro día, antes de eso, vino Nuquí, el Nuquí  que rechacé, por el miedo cliché de ser feliz, o algo así. Llevo seis meses posponiendo lo escrito, porque posponer es la forma humana de no sentirse agobiado. Porque el posponer es la forma humana de no sentirse culpable. Porque el posponer es la forma humana. Como hoy hablé de estipulados,  luego de semejante introducción rebuscada, por fin, me dispongo a mostrar a Nuquí como la única forma que tengo de: Mirá JuanJo, te hice caso, estoy siendo feliz. (Un paréntesis para aclarar al lector, el “siendo feliz” es la forma enseñada por el protagonista de este texto hacia la escritora para expresar la “búsqueda de la felicidad” (sí, como la película), (otro paréntesis para aclarar que “escritora” es solo la forma que uso para describir mi oficio de desparchada en horas robadas de oficina)). A Nuquí hay que amarlo, hay que amarlo porque no hay energía eléctrica, ni internet, ni señal de celular. Hay que amarlo porque hay playas de 5 km solas, dispuestas para que uno se broncee  embola (cosa que nunca sucede porque el sol no es sol brusco, más bien tímido, que se deja mandar de las lloviznas diarias y recurrentes), por el sol que no es brusco también hay que amarlo. Un paraíso de ballenas. Amé Nuquí porque me miró, vio lo insignificante que soy y me lo recordó cada tanto. Uno en Nuquí es consciente de su insignificancia pero se siente vivo.  Es un pueblo “con plata”, como lo expresaron los nativos. Entonces también hay que desprenderse del imaginario del Chocó pobre, porque  sí, no tienen luz las 24 horas pero hay pescado para desayunar. [Aquí usted puede proyectar un párrafo con reflexiones acerca del “valor del dinero”, de los prototipos de riqueza errados y un sinfín de afines que seguro ya ha leído]. Hay que amar a Nuquí porque se puede dormir escuchando el mar con saco puesto. Porque la comprada de repelente es un desperdicio. Porque la arena no daña los vestidos de baño, porque no se necesita vestidos de baño. Porque se pueden ver las ranas más venenosas del planeta (bueno, realmente no se pueden ver porque, además de enanas son imposibles de fotografiar por su movimiento, entonces, como no queda registro digital, es como si no se vieran). (De las ballenas sí quedan registros, entonces sí puede sacar pecho diciendo que las vio). Hay que amarlo porque se puede caminar media hora y pasar de playas de surf a playas de mar de quietud absoluta, playas de grano grueso y agua fría a playas de diminuta arena y temperatura pegajosa. Caminar, entre playa y playa, sin vendedores de gafas, collares de conchas u ostras. Por eso hay que amarlo. Uno va a Nuquí y no quiere regresar, pero no es ese no querer regresar normales de vacaciones. Es un no querer regresar a sentirse pesado. Es un querer quedarse para no morir de envidia por la falta de energía y comunicación. Por querer seguir con vida. Si me preguntan por Nuquí, siempre digo que es llorar de felicidad. Tan literal como lo quiera entender. http://www.flickr.com/photos/uvachevere/sets/72157635482577687/  

Hay que amar a Nuquí

Una vez me dijo que si moría moría feliz, que hizo todo lo que quiso. Luego reflexionó sobre la barbaridad expuesta, le faltaban dos tatuajes, ¡los tatuajes! ¡Y listo! Podía morir feliz.

Otro día, antes de eso, vino Nuquí, el Nuquí  que rechacé, por el miedo cliché de ser feliz, o algo así.

Llevo seis meses posponiendo lo escrito, porque posponer es la forma humana de no sentirse agobiado. Porque el posponer es la forma humana de no sentirse culpable. Porque el posponer es la forma humana.

Como hoy hablé de estipulados,  luego de semejante introducción rebuscada, por fin, me dispongo a mostrar a Nuquí como la única forma que tengo de: Mirá JuanJo, te hice caso, estoy siendo feliz.

(Un paréntesis para aclarar al lector, el “siendo feliz” es la forma enseñada por el protagonista de este texto hacia la escritora para expresar la “búsqueda de la felicidad” (sí, como la película), (otro paréntesis para aclarar que “escritora” es solo la forma que uso para describir mi oficio de desparchada en horas robadas de oficina)).

A Nuquí hay que amarlo, hay que amarlo porque no hay energía eléctrica, ni internet, ni señal de celular. Hay que amarlo porque hay playas de 5 km solas, dispuestas para que uno se broncee  embola (cosa que nunca sucede porque el sol no es sol brusco, más bien tímido, que se deja mandar de las lloviznas diarias y recurrentes), por el sol que no es brusco también hay que amarlo.

Un paraíso de ballenas. Amé Nuquí porque me miró, vio lo insignificante que soy y me lo recordó cada tanto. Uno en Nuquí es consciente de su insignificancia pero se siente vivo.  Es un pueblo “con plata”, como lo expresaron los nativos. Entonces también hay que desprenderse del imaginario del Chocó pobre, porque  sí, no tienen luz las 24 horas pero hay pescado para desayunar.

[Aquí usted puede proyectar un párrafo con reflexiones acerca del “valor del dinero”, de los prototipos de riqueza errados y un sinfín de afines que seguro ya ha leído].

Hay que amar a Nuquí porque se puede dormir escuchando el mar con saco puesto. Porque la comprada de repelente es un desperdicio. Porque la arena no daña los vestidos de baño, porque no se necesita vestidos de baño.

Porque se pueden ver las ranas más venenosas del planeta (bueno, realmente no se pueden ver porque, además de enanas son imposibles de fotografiar por su movimiento, entonces, como no queda registro digital, es como si no se vieran). (De las ballenas sí quedan registros, entonces sí puede sacar pecho diciendo que las vio). Hay que amarlo porque se puede caminar media hora y pasar de playas de surf a playas de mar de quietud absoluta, playas de grano grueso y agua fría a playas de diminuta arena y temperatura pegajosa. Caminar, entre playa y playa, sin vendedores de gafas, collares de conchas u ostras. Por eso hay que amarlo.

Uno va a Nuquí y no quiere regresar, pero no es ese no querer regresar normales de vacaciones. Es un no querer regresar a sentirse pesado. Es un querer quedarse para no morir de envidia por la falta de energía y comunicación. Por querer seguir con vida.

Si me preguntan por Nuquí, siempre digo que es llorar de felicidad. Tan literal como lo quiera entender.

http://www.flickr.com/photos/uvachevere/sets/72157635482577687/

 

Hace como dos años le dije a alguien que había buscado mucho sin éxito Suicidios Ejemplares de Vila Matas, que quedé con las ganas de tenerlo. No volvimos a hablar, me acaba de escribir a decirme que hoy me consiguió el libro y lo tiene de regalo. Esta sensación (independiente de la contentura de leer por fin el libro) tiene que ser la felicidad.

Hace como dos años le dije a alguien que había buscado mucho sin éxito Suicidios Ejemplares de Vila Matas, que quedé con las ganas de tenerlo. No volvimos a hablar, me acaba de escribir a decirme que hoy me consiguió el libro y lo tiene de regalo. Esta sensación (independiente de la contentura de leer por fin el libro) tiene que ser la felicidad.

Lo que me indigna… Hacía fila para comprar una malteada pequeña de macadamia (así, bien precisa desde el inicio para no parecer luego exagerada con los detalles). Delante mío una parejita, no novios o eso, solo una vieja y un man. La vieja pidió (no sé qué) una vez llegó a caja, el man empezó a mirar (otra vez) la carta. (Nota del autor: llevaban, ellos cuatro y, quién escribe, cinco turnos por delante. Diga usted trece minutos de espera). Miraba y leía como por encima cada una de las variedades de hamburguesa, dijo que tenía mucha hambre, volvió a mirar la carta (sume a la espera 3 minutos). Preguntó a la cajera la diferencia entre no sé cuál y no sé cuál, que una era al carbón y otro a la parrilla, que una tenia pepinillos y otra no. Luego que esta o la otra, que una era para cerdos y otra para gente normal, respondió la cajera, bien querida ella. (A esa altura ya me había hecho a un lado del man, a ver si se apiadaba y mientras pensaba en voz alta le daba por ceder el dichoso turno). Que la costeña qué tal. La niña de la caja me miraba con cara de: “sí, la entiendo, pero tengamos paciencia a este mongólico”. (Nunca dejó que se le notara la maluquera por la espera, me sorprendió). (Unos 6 minutos más, sin exagerar). Que esa otra qué (y señalaba con el dedo sobre la carta), que solo tenía la carne y tres quesos, le informaron. Una verraca carta con los nombres, descripción, ingredientes y hasta una fotico (no tan ajustad a la realidad, pero para semejante pendejo era más que suficiente). Pero no, había que hacer esperar a la humanidad. Y yo ahí, al lado, pensando en lo estúpida que me habré visto cada vez que he dudado el pedido, pero pues, soy mujer (sí, qué viva la igualdad de género, pero por raticos). Pensando en qué haría en la situación de la vieja; y, si el man está en plan echaperros, me imaginaba dejándolo ahí paradote brindándole el  tiempo para pensar en qué verraca hamburguesa pedir y de paso, para que le saliera testosterona (conmigo bien lejos); y, sí el man es amigo, me veía dándole con la mano  en la cabeza a ver si reaccionada, con un “idiota” de por medio. (Ya, le pongo, iban 3 minutos más). Pero pues no, ni el man estaba conmigo ni la otra pendeja reaccionaba. VOLVIÓ A PREGUNTARRR (ni idea qué), ahí metí la cucharada y dije que si tenía tanta hambre se comiera una ¾ a la parrilla, que eran las más buenas. Me miró horrendo, le dije que entonces para que no se engordara más se comiera una ½. Miró más feo y pidió. Ni idea qué pidió, pero una vez facturada dijo que quería el agrandado, y ni mierda, ya no se podía. Fui feliz. Esas son las cosas que me indignan de corazón. Acompáñenme en una marcha.

Lo que me indigna…

Hacía fila para comprar una malteada pequeña de macadamia (así, bien precisa desde el inicio para no parecer luego exagerada con los detalles).

Delante mío una parejita, no novios o eso, solo una vieja y un man. La vieja pidió (no sé qué) una vez llegó a caja, el man empezó a mirar (otra vez) la carta. (Nota del autor: llevaban, ellos cuatro y, quién escribe, cinco turnos por delante. Diga usted trece minutos de espera). Miraba y leía como por encima cada una de las variedades de hamburguesa, dijo que tenía mucha hambre, volvió a mirar la carta (sume a la espera 3 minutos). Preguntó a la cajera la diferencia entre no sé cuál y no sé cuál, que una era al carbón y otro a la parrilla, que una tenia pepinillos y otra no. Luego que esta o la otra, que una era para cerdos y otra para gente normal, respondió la cajera, bien querida ella. (A esa altura ya me había hecho a un lado del man, a ver si se apiadaba y mientras pensaba en voz alta le daba por ceder el dichoso turno). Que la costeña qué tal. La niña de la caja me miraba con cara de: “sí, la entiendo, pero tengamos paciencia a este mongólico”. (Nunca dejó que se le notara la maluquera por la espera, me sorprendió). (Unos 6 minutos más, sin exagerar). Que esa otra qué (y señalaba con el dedo sobre la carta), que solo tenía la carne y tres quesos, le informaron. Una verraca carta con los nombres, descripción, ingredientes y hasta una fotico (no tan ajustad a la realidad, pero para semejante pendejo era más que suficiente). Pero no, había que hacer esperar a la humanidad.

Y yo ahí, al lado, pensando en lo estúpida que me habré visto cada vez que he dudado el pedido, pero pues, soy mujer (sí, qué viva la igualdad de género, pero por raticos). Pensando en qué haría en la situación de la vieja; y, si el man está en plan echaperros, me imaginaba dejándolo ahí paradote brindándole el  tiempo para pensar en qué verraca hamburguesa pedir y de paso, para que le saliera testosterona (conmigo bien lejos); y, sí el man es amigo, me veía dándole con la mano  en la cabeza a ver si reaccionada, con un “idiota” de por medio. (Ya, le pongo, iban 3 minutos más).

Pero pues no, ni el man estaba conmigo ni la otra pendeja reaccionaba. VOLVIÓ A PREGUNTARRR (ni idea qué), ahí metí la cucharada y dije que si tenía tanta hambre se comiera una ¾ a la parrilla, que eran las más buenas. Me miró horrendo, le dije que entonces para que no se engordara más se comiera una ½. Miró más feo y pidió. Ni idea qué pidió, pero una vez facturada dijo que quería el agrandado, y ni mierda, ya no se podía. Fui feliz.

Esas son las cosas que me indignan de corazón. Acompáñenme en una marcha.

A dos mesas de distancia y una barba de atención, ¿por qué no tiene un zapato? Malteada, hace falta malteada. Hay que inventar historias y adornas verdades. Concentración: Un caminador, una mona churra y un señor elegante la ecuación. Sabe comer hamburguesa, a dos manos y con ganas de hambre. Hay que desaprender a mentir. Hay que tener amigas compinches, despeine contaste y sonrisa sutil. Los intrusos que luego fueron aliados, la coqueta que enreda el despeje; se perdió el cartón de ingeniera. Enfoque en lo importante: la salsa blanca.  Lo mio siempre es cuestión de poder, de infantiles y tontos logros. Es más alto de lo que parecía, es familia. ¡jueputa!, el problema no es que se vaya, es que sobrevaloraron al chocolate blanco. El proceso de planeación, una mentira de las bonitas y aburridas. Una placa. Una persecución. Dos sonrojadas y varias carcajadas. Plan fallido por ponerse a pensar. Volver. Otra malteada. Los terceros. La pendejada. Sin número. Pasa que no hay que saber buscar, solo amar la torpeza. Pasa que me paso de torpe y también tengo bicicleta. Pasa que hace dos años me negué y aún el desamor me sabe a garota. No, no estoy perdida, ojalá. Tiene la cadera fracturada por volar cuatro metros de felicidad, o algo así. Arrebatos y tecnología. También hay que amar el azar. Como plan B siempre quedarán las coincidencias. No hay que sonar a verso. Se llama Sebastian.

A dos mesas de distancia y una barba de atención, ¿por qué no tiene un zapato? Malteada, hace falta malteada.

Hay que inventar historias y adornas verdades.

Concentración: Un caminador, una mona churra y un señor elegante la ecuación. Sabe comer hamburguesa, a dos manos y con ganas de hambre.

Hay que desaprender a mentir. Hay que tener amigas compinches, despeine contaste y sonrisa sutil. Los intrusos que luego fueron aliados, la coqueta que enreda el despeje; se perdió el cartón de ingeniera.

Enfoque en lo importante: la salsa blanca. 

Lo mio siempre es cuestión de poder, de infantiles y tontos logros. Es más alto de lo que parecía, es familia. ¡jueputa!, el problema no es que se vaya, es que sobrevaloraron al chocolate blanco.

El proceso de planeación, una mentira de las bonitas y aburridas. Una placa. Una persecución. Dos sonrojadas y varias carcajadas. Plan fallido por ponerse a pensar.

Volver. Otra malteada. Los terceros. La pendejada. Sin número.

Pasa que no hay que saber buscar, solo amar la torpeza. Pasa que me paso de torpe y también tengo bicicleta. Pasa que hace dos años me negué y aún el desamor me sabe a garota. No, no estoy perdida, ojalá.

Tiene la cadera fracturada por volar cuatro metros de felicidad, o algo así.

Arrebatos y tecnología.

También hay que amar el azar. Como plan B siempre quedarán las coincidencias. No hay que sonar a verso. Se llama Sebastian.

“Nicki se acerca a Lorinna y le ofrece un ramo de flores. Lorinna estornuda. LORINNA: Lo siento, soy rinítica. Grillito se acerca a Lilith y le ofrece una caja de chocolates. LILITH: Lo siento, soy hipoglicémica. Jacobo se acerca a Lucía y le ofrece un libro (aunque nadie reconoce el título se sabe que también ha sido escrito por el autor de esta obra). LUCÍA: Lo siento, soy… JACOBO: … analfabeta? Jacobo besa a Lucía.”
“Y supe que estaba en problemas cuando entendí que lo único que me hacía feliz era irme. Irse, no como destino, si no como medio. Entonces opté por no entender, y entendí que la felicidad resulta fácil no entendiendo. Resulta.”
“…Me digo: «Ahora estoy cruzando un puente helado, ahora la nieve me entra por los zapatos rotos». No es que sienta nada. Sé solamente que es así, que en algún lado cruzo un puente en el instante mismo (pero no sé si es el instante mismo) en que el chico de los Rivas me acepta el té y pone su mejor cara de tarado. Y aguanto bien porque estoy sola entre esas gentes sin sentido, y no me desespera tanto…”
De nada.
Como pausada por el recuerdo. Inmaterializada  por las lágrimas. Implorando un aguacero que distrajera la disimulada audiencia. Con el peso del sentimiento. Con la liviandad de las palabras. Con el bullicio de la calle. Ah, pero si nada es para siempre. Ni siquiera el dolor. Con la película en reversa.         Ah, pero si la película no tiene tramos malos. Con un guión no ensayado. Con libretos fallidos sin repetición. Con el estribillo que hizo feliz al director. Ah, pero no quiero que me lastime. Ah, pero es que somos humanos.

Como pausada por el recuerdo.

Inmaterializada  por las lágrimas.

Implorando un aguacero que distrajera la disimulada audiencia.

Con el peso del sentimiento.

Con la liviandad de las palabras.

Con el bullicio de la calle.

Ah, pero si nada es para siempre. Ni siquiera el dolor.

Con la película en reversa.        

Ah, pero si la película no tiene tramos malos.

Con un guión no ensayado.

Con libretos fallidos sin repetición.

Con el estribillo que hizo feliz al director.

Ah, pero no quiero que me lastime.

Ah, pero es que somos humanos.

yo nunca sé… Por alguna razón debí pedir a alguien del trabajo que asistiera a un evento un fin de semana, un sábado en la tarde, exactamente. Lo justo (esa no debería ser la palabra porque bautizar una acción como justa o no va contra mis principios, pero ese es otro cuento que luego cuento para no enredarme con mis cuentos), creía, era otorgar un día de retribución a su tiempo libre, o algo así. Informé que pasara el día que quería tomar y obtuve una negativa. Dijo que no, que a él le gustaba trabajar y que realmente no quería días libres. Insistí y dejé la opción abierta, la cuál, a a fecha no ha sido tomada. Me extrañé pero no mucho porque en ese entonces yo llevaba muy poco en el trabajo y supuse que el man en cuestión quería mostrarse comprometido, o algo así.  A veces son la 6 y él sigue dando vueltas, como matando tiempo. Cumplió el periodo de vacaciones, pidió 6 días, los mínimos permitidos; cuándo le sugerí que tomara más me respondió que a él le gustaba trabajar y que no quería días libres. Es atento, comprometido, milimétrico, un muy buen elemento de trabajo (confieso que borré la palabra “elemento” porque se leía algo “feo”, pero luego supuse que acá puedo ser sincera y esa fue la primera que me surgió). La otra semana cumple años, y el día de cumpleaños se tiene el día libre, me preguntó que si podía ir ese día a trabajar. No, no puede ir a trabajar. No, debe tener una vida. Y entonces reflexioné sobre todas esas casualidades. Y me asusté. Y quise escribir tal vez para releer cuando se me esté acabando el tiempo para mí. Para estar conmigo. Quise escribir tal vez para recordar que ese tiempo no se acaba, se evita. Bueno, no sé.  No, no puede ir a trabajar. No, debe tener una vida. Su apellido es Alegría.

yo nunca sé…

Por alguna razón debí pedir a alguien del trabajo que asistiera a un evento un fin de semana, un sábado en la tarde, exactamente. Lo justo (esa no debería ser la palabra porque bautizar una acción como justa o no va contra mis principios, pero ese es otro cuento que luego cuento para no enredarme con mis cuentos), creía, era otorgar un día de retribución a su tiempo libre, o algo así. Informé que pasara el día que quería tomar y obtuve una negativa. Dijo que no, que a él le gustaba trabajar y que realmente no quería días libres. Insistí y dejé la opción abierta, la cuál, a a fecha no ha sido tomada. Me extrañé pero no mucho porque en ese entonces yo llevaba muy poco en el trabajo y supuse que el man en cuestión quería mostrarse comprometido, o algo así. 

A veces son la 6 y él sigue dando vueltas, como matando tiempo. Cumplió el periodo de vacaciones, pidió 6 días, los mínimos permitidos; cuándo le sugerí que tomara más me respondió que a él le gustaba trabajar y que no quería días libres. Es atento, comprometido, milimétrico, un muy buen elemento de trabajo (confieso que borré la palabra “elemento” porque se leía algo “feo”, pero luego supuse que acá puedo ser sincera y esa fue la primera que me surgió). La otra semana cumple años, y el día de cumpleaños se tiene el día libre, me preguntó que si podía ir ese día a trabajar.

No, no puede ir a trabajar. No, debe tener una vida. Y entonces reflexioné sobre todas esas casualidades. Y me asusté. Y quise escribir tal vez para releer cuando se me esté acabando el tiempo para mí. Para estar conmigo. Quise escribir tal vez para recordar que ese tiempo no se acaba, se evita. Bueno, no sé. 

No, no puede ir a trabajar. No, debe tener una vida.

Su apellido es Alegría.